A self-portrait of an algorithm ( OpenAI’s Dalle-2 ) by Maria Mavropoulou ©
Ya no queda margen para la duda: pensamos en imágenes, incluso cuando creemos habitar las palabras.
La neurociencia apenas empieza a confirmar lo que la antropología sospechó durante décadas: el lenguaje no nació como estructura, sino como prolongación. Un añadido sonoro a una coreografía primitiva, a un gesto, a una mano suspendida en el aire intentando comunicar una amenaza, un deseo.
Aquellas primeras imágenes —imperfectas, corporales, urgentes— saltaron del cuerpo al aire y se convirtieron en palabras. Pero en ese tránsito no perdimos el origen; y el cerebro no olvidó cómo mirar y siguió decodificando el mundo como si todo, en el fondo, aún fuese gesto.
Y sin embargo, durante siglos, hemos fingido otra cosa. Domesticados por la tiranía del lenguaje, como si el pensamiento pudiera reducirse a estructuras limpias, a significados delimitados. Tal vez interesaba creerlo. Tal vez era más fácil gobernar lo que se puede nombrar que lo que se expande en imágenes. El nacionalismo lingüístico no solo ha defendido lenguas: ha levantado perímetros mentales, como si cada idioma fuese también una frontera de lo real.
Las imágenes, con su semántica inestable, siempre han sido más generosas. Se dejan habitar desde múltiples lugares, se comparten sin exigir traducción completa. Las palabras, en cambio, precisan bordes, delimitaciones, acuerdos. Ofrecen profundidad, pero a costa de fricción, de lentitud.
Ahora que todo parece reconfigurarse —que los sistemas se agotan y las certezas se repliegan— quizá insistir en retorcer el lenguaje sea una forma de nostalgia. Una manera de aferrarse a un orden que ya no responde.
Tal vez la estrategia no pase por decir mejor, sino por volver a ver. Por construir nuevas imágenes que aún no han sido domesticadas. Porque ahí, en lo que todavía no se ha nombrado, es donde empieza a abrirse algo distinto.
